Segundo cuento de este Blog, con dedica.
Quiero dedicar este cuento a mis amigos Julia, Toni y Carlos, que les echaré muchisimo de menos en Italia, porque con ellos he pasado algunos de los momentos más divertidos de mi vida.
El cuchillo que tenía en la mano era bastante pesado. Pero era lo que necesitaba para lo que iba a hacer. Controló que fuese bien afilado. Pero ella lo necesitaba muy bien afilado para lo que iba a hacer.
Lo afiló más, casi que se cortó la punta de un dedo para averiguar si efectivamente estaba muy bien afilado.
Preparó todo con cura y método. No era la primera vez que lo hacía, pero, si no tenía todo listo y todo cerca, se sentía mal. Se puso un delantal para que no se manchase la ropa. Cogió una tabla de madera del tamaño que le interesaba y la puso encima de la mesa. Así no había riesgo que su hijo pudiese descubrir lo que estaba haciendo.
Puso cerca del cuerpo desnudo y sin vida el cubo de la basura, donde habría tirado parte de los órganos.
Habría podido matarle distintamente. Cortarle la garganta, por ejemplo. Rápido, eficaz, mínimo esfuerzo, máximo resultado. Nadie le habría molestado, es una de las ventajas de vivir en el campo. Pero habría salido demasiada sangre, el suelo se habría manchado, y...No, no era su estilo.
Eligió por romperle el hueso del cuello. Nada de sangre, nada de manchas, sólo un ruido, seco, instantáneo, mortal. Treinta o cuarenta segundos de convulsiones, y ya está.
Se puso un par de guantes blancos que después habría tirado. No le gustaba tocar los órganos con las manos porque se queda siempre un olor muy fuerte, el olor de la muerte.
Puso la mano dentro del cuerpo y empezó a sacar todo. Hígado, corazón, estomago. Se impresionó al ver que no le daba asco, sino que empezaba a gustarle. Tiró los guantes, ahora rojos de la sangre.
Cogió el cuchillo. Dos golpes y una extremidad inferior se destacó del cuerpo. Dos golpes más para la otra. Por suerte que no había mucha sangre.
Para la parte superior fue suficiente sólo un golpe por cada lado, ya tenía experiencia. Ella no querría reconocerlo, pero era mejorada mucho desde las ultimas veces.
Sin pensar en eso, hizo correr el cuchillo en el pecho, abriéndolo.
Un ruido le paró la mano. Unas llaves estaban intentando abrir la puerta. Era una mano insegura, que se equivocó de llave un par de veces.
“Hola mami, soy yo.”
“Hola cielo, llegas justo a tiempo, ¿lo relleno el pollo?”
Stefano Cosmo
