El primer cuento de este blog quiero dedicarselo a todos los que están en Difusión, a Tati, Chris, Yuridia, Vicki, Jaime, Carlos, Borja, Nacho, Dani y, por supuesto, a Gema.

El tiempo de un cigarro

Por un momento su cara se levantó de las fotocopias distribuidas por todo el escritorio.
Justo el tiempo de abrir el paquete de cigarros, contar rápidamente cuantos quedaban, coger uno y acercárselo a la boca.
Los ojos bajaron otra vez, casi automáticamente, sólo para terminar las últimas cuatro líneas de la página. No entendió nada, su cabeza estaba como desconectada. A la luz de la lámpara se juntó la del mechero, el tiempo suficiente para que la punta del cigarro se llenase de su calor, y le permitiese de aspirar la primera bocanada.
Soltó el humo mirando todo lo que tenía alrededor. Despacio. Como la segunda bocanada de humo. En un momento su cuarto se llenó del olor fuerte del tabaco, que quitó casi todo el aire respirable.
Sus ojos se pararon en una foto. Ella sonreía, sacando la lengua fuera en una bocaza. No salía casi nunca bien en las fotos, pero esta era estupenda. De hecho tenía muy pocas fotos de ellos dos juntos, casi todas sacadas durante las vacaciones. Miró serio la foto, porque ahora tenía un sentido distinto. No era más “la foto que sacamos el año pasado al concierto” era “la última fotos de nuestras últimas vacaciones juntos”. Vaya mierda.
Tercera bocanada de humo.
Intentó no pensarlo. Como le había pedido ella antes de irse de su vida.
Pensó a lo que le contestó, las mismas palabras que sus labios creaban en aquel momento: “Imposible”.
Cuarta bocanada de humo.
Buscó un cenicero que no estaba. Se acercó a la ventana y dio unos golpecitos con el dedo índice para que las cenizas se cayesen.
Miró las luces encendidas de las casas que podía ver desde su ventana. Parecían las estrellas tristes de un cielo artificial y muy bajo. Quitó esta idea idiota de su mente y aspiró otra bocanada.
“Maldito vicio”, dijo a voz alta, como si quisiera decírselo al cigarrillo. Observó el paisaje compuesto por los techos de las casas, y luces que no le permitían de ver las estrellas, las de verdad.
Habría echado de meno a todo esto. Sexta bocanada, soltó el humo y en seguida la séptima.
Se sentó en su cama y miró los libros. La mayoría eran de la Universidad, las novelas se reconocían por la diferencia de colores. Una de Vásquez Montalbán, una de Tusset y otra de Lucarelli.
Se fijó en el titulo de esta última. “Un día tras otro”. En torno a él el silencio más total.
“Joder, cuando todos se callan, algo te habla.” Pensó.
Octava. Humo en el ojo y golpes para que se caiga la ceniza.
Nona. “Tengo que ordenar el cuarto”.
Decima. “Echaré de menos a este cuarto desordenado.”
Oncedecima. La plantita de bambú encima del escritorio que crecía, a pesar de estar lejos de la ventana. El sentido de culpa para no haberle dado luz suficiente lo invadí, junto a un sentimiento de admiración hacia aquella plantita. A pesar de estar lejos de la ventana y del sol, había seguido con su vida tranquilamente.
Duodécima bocanada de humo. Una foto con los amigos de la facultad. “Os echaré de menos, cabrones”.
Decimotercera. Una mirada a la silla roja donde estaba sentado, llorando, cuando ella lo dejó. Sonrió, una, dos veces. Porque, para seguir creciendo, hay que meter un poquita de ironía en la vida, a pesar de estar lejos de la ventana.

Stefano Cosmo